LA QUEBRADA DE LAS CONCHAS: ESCULTURAS DEL TIEMPO

Cafayate es un pequeño pueblo situado en los valles calchaquíes al noroeste de Argentina. Estas vegas están consideradas como uno de los lugares más bonitos de Argentina donde se asentaron los indios calchaquíes. El pueblo se estructura en torno a la Plaza 20 de Febrero donde está la catedral, el edificio municipal y un montón de bares y restaurantes que suelen rebosar gente y bullicio. En el centro de la plaza se levantan enormes palmeras y una vegetación abundante que esconde un mercado artesanal. Yo fui en marzo y el calor era sofocante, había que levantarse realmente pronto para poder disfrutar del día. Nunca suelo recomendar alojamiento en este blog pero hay un lugar en Cafayate que merece una excepción y es el hostal Huayra donde Federico y Mica me hicieron sentir como en casa. Un alojamiento donde siempre hay en el aire un asado o unas pizzas caseras, buena conversación y gente maravillosa a la conocer. (Gracias)

La catedral de Cafayate entre la vegetación de su plaza. Foto: Sara Gordón

La catedral de Cafayate entre la vegetación de su plaza. Foto: Sara Gordón

Un graffiti de las calles de Cafayate. Foto: Sara Gordón

Un graffiti de las calles de Cafayate. Foto: Sara Gordón

Muy cerca de Cafayate se encuentra la quebrada de las Conchas que es algo así como el cañón del Colorado pero en pequeño, más desconocido y en Argentina. Hay varias maneras de acceder al parque natural, puedes apuntarte a una excursión programada de un día o bien puedes subir en un bus para Salta y pedirle al conductor que te deje en la garganta del diablo. A mí no me gustan mucho las excursiones organizadas así que opté por la segunda alternativa, sólo que tuve una gran suerte y en el camino, cuando más calor hacía conocí a una pareja con la que recorrí la quebrada en coche.

La quebrada de las conchas desde el mirador de la Tres Cruces. Foto: Sara Gordón

La quebrada de las conchas desde el mirador de la Tres Cruces. Foto: Sara Gordón

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Vista del valle y del río de las Conchas. Foto: Sara Gordón

Todo este lugar es la gran huella de un pasado muy largo en el que el agua ha erosionado y esculpido la piedra a su antojo. Los colores rojizos de las rocas se entremezclan con tonos marrones y blancos para formar un paisaje impresionante que deja a los visitantes boquiabiertos. El río de las Conchas baña el lugar recorriendo yacimientos del periodo cretácico, huellas de dinosaurios, peces fósiles, parte del camino inca… Una reserva natural en la que perderse, caminar, divagar y buscar formas reconocibles en las formaciones.

Vista de la quebrada de las Conchas o de Cafayate. Foto: Sara Gordón

Vista de la quebrada de las Conchas o de Cafayate. Foto: Sara Gordón

La Garganta del Diablo es una especie de callejón de Goliat porque es gigante y para acceder a ella hay que escalar un poquito. En el pasado húmedo que tienen estas rocas debieron sostener cascadas que horadaban la roca lentamente. Sorprende ver algún árbol solo entre tanta roca y paisaje desértico.

90 millones de años le tomó a la naturaleza forjar la ladera para albergar la Garganta del Diablo. Foto: Sara Gordón

90 millones de años le tomó a la naturaleza forjar la ladera para albergar la Garganta del Diablo. Foto: Sara Gordón

A tan sólo medio kilómetro siguiendo la Ruta Nacional 68 nos encontramos con la siguiente parada; el anfiteatro. La acústica natural es perfecta debido a la forma así que es un sitio ideal para recitales. Serían las nueve de la mañana cuando entré en el anfiteatro y los artesanos que suelen ponerse en la entrada aún estaban extendiendo sus materiales. Me senté en un rincón de la formación y entonces un chico con una quena comenzó a tocar desde la otra punta. Fue un momento mágico y que me permitió comprobar la magnífica acústica por la que es famoso.

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La entrada al anfiteatro. Foto: Sara Gordón

Las rocas inclinadas muestran estratos de sedimentos lacustres de antiguos lagos. Foto: Sara Gordón

Las rocas inclinadas muestran estratos de sedimentos lacustres de antiguos lagos. Foto: Sara Gordón

La carretera sigue conectándonos lugares como el mirador de las Tres Cruces, que está a siete kilómetros del anfiteatro, el sapo que es una roca con un parecido enorme a un sapo gigante, castillos, el obelisco… Este último es parecido a un hormiguero de 26 metros de alto que data de hace veinte millones de años y que está rodeado por una arena blanca y fina como la de un desierto. Otra parada obligatoria es la ventana, un hueco en una formación rocosa fruto de la erosión eólica.

El obelisco de 26 metros de alto. Foto: Sara Gordón.

El obelisco de 26 metros de alto. Foto: Sara Gordón.

Formaciones rocosas parecidas a castillos que se derriten. Foto: Sara Gordón

Formaciones rocosas parecidas a castillos que se derriten. Foto: Sara Gordón

La ventana la cielo. Foto: Sara Gordón

La ventana la cielo. Foto: Sara Gordón

La verdad es que toda la quebrada es increíble y te dan ganas de parar cada dos minutos para sacar fotos. Otro sitio que me impactó fue la casa de los loros, una pared vertical llena de agujeros que los loros barranqueros han perforado sobre estas peñas blandas. Este tipo de pájaros encontró en este lugar el sitio perfecto para nidificar y ahora está lleno de ellos que te miran desde los agujeros o que vuelan alrededor.

Dos loros barranqueros. Foto: Sara Gordón

Dos loros barranqueros. Foto: Sara Gordón

Las paredes llenas de nidos de los loros. Foto: Sara Gordón

Las paredes llenas de nidos de los loros. Foto: Sara Gordón

Para terminar la visita a Cafayate no hay que perderse el recorrido por alguna de sus bodegas donde se puede degustar el famoso vino de esta tierra; el Torrontés. La mayoría de las bodegas están a las afueras del pueblo y son enormes. Suelen enseñarte los viñedos, explicarte un poco la historia y luego se hace una breve cata. En la bodega que visite leí esta cita: “El vino desarrolla la fantasía, aumenta la alegría, hace lúcida la memoria, aleja la melancolía, concilia el sueño, conforta la vejez y da aquel sentido de euforia por donde la vida pasa suave, leve y tranquila.”

Los viñedos que decoran los alrededores de Cafayate. Foto: Sara Gordón

Los viñedos que decoran los alrededores de Cafayate. Foto: Sara Gordón

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