LUZ Y LOS COLORES

Viajar por los andes es sobretodo conocer otras costumbres y otras culturas. Un aspecto muy importante de la vida andina es el aguayo que despliega sus colores a lo largo de toda la cordillera.

Pila de aguayos en el mercado de Cuzco. Foto: Sara Gordón

Pila de aguayos en el mercado de Cuzco. Foto: Sara Gordón

 LUZ Y LOS COLORES

Luz mueve el rojo por encima del verde lo cruza con el azul y lo coloca cerca del negro. Los hilos recorren con prisa el telar buscando el lugar exacto en el que acomodarse, permitiendo que unas manos diestras en el quehacer mezclen los colores y modelen un significado. La plaza de Purmamarca siempre tiene gente, la vida corre por su empedrado suelo y Luz intercambia hilos cada vez con más urgencia sentada a la sombra del algarrobo milenario.

Mientras teje recuerda el miedo que sentía siendo niña cuando las gotas de la lluvia golpeaban sin piedad el techo de calamina de su casa. En esos días de tormenta y ruido atronador su abuela se acercaba con movimientos lentos hasta la mesa sin apartar la mirada del aguayo que la cubría y preguntaba lo suficientemente alto para ser escuchada por encima del sonido metálico del agua: “¿Te enseñaron en la escuela a leer aguayos?”. Luz negaba con una mueca de extrañeza y se acomodaba en una silla escrutando con intriga el mantel y buscando letras. Unos días la abuela le hablaba de los colores, otros días le contaba como antes los incas tenían una red de tejedoras que abastecían todo su imperio. Le contaba que la tela sigue siendo la misma y tiene el mismo poder pero con el tiempo se vuelve impersonal, incluso llegó a decirle, hace tantos años, que algún día verían entrar en la plaza de Purmamarca un camión cargado de aguayos que nadie sabría de donde vienen ni el nombre de sus tejedoras y que tampoco nadie lo preguntaría. La niña abría mucho los ojos asombrada, imaginándose un camión lleno de mujeres tejiendo aguayos a toda prisa para ir dejándolos de pueblo en pueblo. Había una historia que Luz prefería por encima del resto y que la abuela sólo contaba los días en que los rayos de la tormenta llegaban a los cerros. “¿Sabes que significa esta cruz del aguayo?” La cruz representa la tortura a la que fue sometido Tupac Amaru que fue condenado a morir descuartizado por cuatro caballos, pero los animales no pudieron desmembrar su cuerpo. La niña pensaba que las rayas del aguayo con su significado profundo y las arrugas de la cara de su abuela tenían algún tipo de conexión que su cabeza no lograba comprender.

Ahora Luz se sienta sola a reproducir esa manera de hacer antigua, deslizando los hilos por sus dedos, dejándolos caer y recuperándolos ágilmente. Decidiendo los colores y los símbolos que utiliza, conscientemente, creando una página que pocos se paran a descifrar. Agarra el azul lo hace volar por encima del amarillo se entrecruza con el blanco y descansa justo al lado del morado. Ya entran los camiones en Purmamarca y todos van a recoger la mercancía, Luz recoge unas cuantas bolsas de aguayos, ya doblados, ya tejidos por manos desconocidas. Los coloca en su mesa divididos por tamaños, los grandes juntos al fondo, los medianos en el centro y delante los más pequeños y alargados. Se queda mirando los colores e intenta dentro de las categorías que ya ha marcado agruparlos por tonalidades.

Un gringo se acerca a ella y le pregunta muy educadamente en un castellano de erres arrastradas y vocales guturales por el precio de las telas. Ella le contesta vocalizando para que le entienda, ya está acostumbrada, y él comienza a estudiar cada aguayo mientras visualiza el color de las paredes de un salón lejano. Luz le ayuda a desdoblarlos para que los vea mejor y él observa los colores. Ahora todo lo hacen los colores, el tinte enmascara el significado. ¿Dónde irá a parar este aguayo? Fuera de Argentina, a una casa donde no se escuche la lluvia cuando llueva, donde todos hablen con erres arrastradas. Un sitio lejos donde pocos sabrán que depositan sus alimentos sobre Tupac Amaru torturado.

Luz se levanta a las seis y se dirige a la sombra del algarrobo milenario donde comienza a mezclar los hilos. Alguien la saluda y al levantar la vista sólo ve colores, sigue tejiendo y ya no hay hilos, sólo colores, no hay formas, ni significados, sólo colores que nos hablan de todo, del paso del tiempo, del futuro y del presente. Comienza a andar y se pierde dentro del cerro de los siete colores, sólo eso, pigmentos milenarios que cuentan la historia de cómo se formó este lugar, como si un aguayo se hubiera desteñido en el paisaje para gritarnos que la historia sigue aquí. Luz se pierde dentro del cerro, de sus colores.

Tejedores de aguayos en un museo de Quito. Foto: Sara Gordón

Tejedores de aguayos en un museo de Quito. Foto: Sara Gordón

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