LISBOA: LAS HERIDAS Y EL TIEMPO

Lisboa tiene esa antigüedad convertida en estado, esos edificios envejecidos que descubren su historia a través de una fachada llena de arrugas. Lo que parece caos es una longevidad cargada de recuerdos amontonados por las calles y pequeños bares con olor a café cargado y bollería recién hecha.

Los mosaicos decoran los edificios. Foto: Sara Gordón

Los mosaicos decoran los edificios. Foto: Sara Gordón

Los edificios cortados por cables. Foto: Sara Gordón

Los edificios cortados por cables. Foto: Sara Gordón

Desde los montes Universales el Tajo viene recorriendo unas veces rápido otras con calma la geografía de la península ibérica hasta llegar a Lisboa en la que se despide de su agua dulce y se pierde en el Oceano Atlántico. Un río que parece un mar en su desembocadura, el agua que sirvió a los fenicios a comerciar, a los romanos a desplazarse, el mismo agua que siempre ha servido a los lisboetas para ser unos viajeros y unos comerciantes. La plaza de comercio, es un gran espacio abierto al Tajo, que da la bienvenida a los barcos que llegan a la capital portuguesa.

La plaza de Comercio. Foto: Sara Gordón

La plaza de Comercio. Foto: Sara Gordón

La estación de Rossio en el centro de Lisboa. Foto: Sara Gordón

La estación de Rossio en el centro de Lisboa. Foto: Sara Gordón

Lisboa es una ciudad hecha a base de lamerse las heridas una y otra vez, las cicatrices visibles son pocas pero las hay. En una de sus colinas, al final del entramado de hierro que conforma el elevador de Santa Justa, resiste al tiempo y al movimiento el esqueleto del convento do Carmo. Sus columnas desafían toda ley de la arquitectura, pero tan solas que ya no parecen más que árboles de piedra observando el paisaje y las grietas de sus paredes recuerdan un terremoto y muchas lágrimas.

Es esqueleto del convento do Carmo. Foto: Sara Gordón

Es esqueleto del convento do Carmo. Foto: Sara Gordón

Las ruinas do Carmo. Foto: Sara Gordón

Las ruinas do Carmo. Foto: Sara Gordón

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El elevador de Santa Justa. Foto: Sara Gordón

La nostalgia y el tiempo se confunden por las plazas de Lisboa, por los platos de pulpo y bacalao, por los idiomas aprendidos a base de ganarse el pan. Hay edificios que deciden no caer y continuar siendo parte del paisaje, con lesiones y arañazos que filtran para realzar su belleza. El humo negro de un incendio pasado pudo ser destructor y también pintor como en la iglesia de Santo Domingo, en la que puedes observar cada porción de tiempo que la ha atravesado, la grandeza de lo que en otra ciudad serían desperfectos.

Los muros de negros de la iglesia de Sao Domingo. Foto: Sara Gordón

Los muros de negros de la iglesia de Sao Domingo. Foto: Sara Gordón

Un chupito de Ginginha para seguir con ánimo el paseo y aquí viene el tranvía amarillo que se cuela en callejuelas estrechas, que se desboca por pendientes empinadas y escala las cuestas que llevan a los miradores. El chirriar de su estructura anuncia su llegada y te sumerge en otra época de transportes de madera, donde el viaje en sí es el destino.

Tranvía subiendo lentamente. Foto: Sara Gordón

Tranvía subiendo lentamente. Foto: Sara Gordón

Hablando desde el balcón. Foto: Sara Gordón

Hablando desde el balcón. Foto: Sara Gordón

“Los recuerdos tienen más poesía que las esperanzas, como las ruinas son mucho más poéticas que los planos de un edificio en proyecto.”

Vista de Lisboa. Foto: Sara Gordón

Vista de Lisboa. Foto: Sara Gordón

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