EL RECUERDO DE LAS CATARAS DE IGUAZU

Foto: Sara Gordón

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¿Alguna vez cerráis los ojos e intentáis recordar vívidamente un sentimiento, una sensación, un lugar? Cuando un momento ha sido especial este simple gesto te lleva al pasado, al escalofrío justo antes del primer beso, a la felicidad de una vivencia compartida… En este caso, cuando cierro los ojos escucho solamente el ruido ensordecedor del agua que se abre paso y cae. Todo lo demás desaparece y sólo queda el agua que limpia y barre. Estuve en Iguazú hace tres años y sin embargo es ahora cuando me apetece escribir sobre este lugar. Los momentos importantes son más difíciles de afrontar, de procesar y de recordar tal cual los has vivido. Viví Iguazú sola, paseé por el parque natural durante todo un día parándome donde quería, descalzándome y remojándome los pies cuando me apetecía, despacio, disfrutando, mirándolo todo con asombro. Andaba despacio y observando porque no quería perderme nada y porque sólo quería estar allí. Sin pensar, deje que el sonido del agua se llevará todos mis pensamientos. Me sentí exploradora, me sentí completamente sola conmigo misma, me sentí feliz. Había estado y he estado luego en más cascadas pero ninguna como Iguazú, con esa fuerza y majestuosidad. La naturaleza mostrando todo su poder y toda su belleza, dos caras de la misma moneda. Me parecía como una fuerza libre y a la vez controlada para poder disfrutar de ella.

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El río de Iguazú no sabría decir si es más rápido o más lento que el resto de los ríos que he visto. A simple vista parece un río normal aunque selvático, así llamo yo a los ríos marrones, salvajes e impredecibles. El agua discurre tranquila sin vaticinar nada, no deja pistas y de repente a unos metros ves un vapor de agua que sube y un hueco por donde debería discurrir el cauce.

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Desde arriba se veían vencejos que volaban entre el vapor que creaba el agua al despeñarse. Aparecían y desaparecían sin patrón, cambiando el rumbo de repente. No sabría decir si ellos conocían su trayectoria, tenían un objetivo, o sólo estaban jugando con su adrenalina. Lo que yo veía era un montón de vencejos sin rumbo cruzarse, arriesgarse, bajar y subir por el gusto de estar allí. Para cuando me quise dar cuenta yo misma estaba calada hasta las gafas.

Foto: Sara Gordón

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Pero Iguazú no es sólo una gran cascada, son cientos y un parque natural que acoge todo el conjunto. A la entrada te dan un mapa que merece la pena doblar y guardar en la mochila porque lo realmente bonito del lugar es la pérdida. Los cuatis intentarán robarte el bocata, las mariposas se posarán en tus piernas cuando descansas, pájaros de colores llamativos descansarán a menos de un metro de ti y lo único que hay que hacer es estar solamente allí, porque así un día cerraras los ojos y escucharás perfectamente el sonido ensordecedor de Iguazú y podrás revivir la sensación de estar ante esa maravilla.

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