EL CASTILLO DE KARLSTEJN

Siempre que viajo a una ciudad europea intento planear al menos una escapada a sus alrededores para conocer un poco más del país y tener una visión más completa, en esta escapada a la República Checa, después de leer sobre varios posibles destinos, me decanté por el castillo de Karlstejn. La localidad donde se encuentra está a tan sólo 30 kilómetros de la capital checa y conectada por tren en 40 minutos desde la misma así que es muy fácil de acceder por tu cuenta.

El río Berounka discurre por las regiones de Pilsen y de Bohemia Central. Foto: Sara Gordón

El tren se desplaza paralelo a un río congelado en el que niños juegan al hockey en pistas improvisadas, a través de la ventanilla se extienden hasta el infinito campos pintados de blanco y de vez en cuando los vagones aminoran su cansado ritmo al llegar a estaciones desiertas en las que descansan revisores en manga corta y ancianos vendiendo vino caliente con canela.

El Berounka nace en la llamada Hondonada de Pilsen. Foto: Sara Gordón

Llegamos a la estación de Karlstejn y vemos un río totalmente congelado por el que la gente cruza como si fuera una calle principal pero ni rastro del castillo. Hay fortalezas que se valen de murallas infranqueables, otras de fosos muy profundos en este caso las montañas actúan de barreras naturales que esconden del invasor y del viajero la belleza de este castillo de cuento.

Entre 1887 y 1899, Josef Mocker lo restaurará el castillo con estilo neogótico, ofreciendo su aspecto actual. Foto Sara Gordón

Aparece el pueblo y al final del mismo, en lo alto de un cerro, se levanta el castillo aunque está tan bien aposentado que pareciera estar en el lugar desde antes que el cerro. El pueblo parece construido como una alfombra que te dirige hacia un tesoro. En la calle principal hay varios restaurantes que anuncian el plato típico ceská bramborová, una sopa de verdura deliciosa. Llaman la atención las tiendas de antigüedades con sombreros y carteles soviéticos, muñecas, maniquís, uniformes…

 

Imagen en una tienda de antigüedades. Foto: Sara Gordón

Imagen en una tienda de antigüedades. Foto: Sara Gordón

La fortificación la mandó construir Carlos IV, rey de Bohemia y emperador del Sacro Imperio Romano, en 1348 para guardar las joyas de la corona checa, al igual que ciertas reliquias sagradas y otros tesoros reales. Un guía va descifrando la historia de Bohemia, de Carlos IV y de muchos que vinieron detrás de él. Lo realmente bonito del castillo es su figura dibujada entre montañas, sus torreones encantados y sus murallas escondidas en la vegetación. Pero como todos los castillos para ser verdadero debe proteger entre sus muros al menos una leyenda y un hecho horripilante. Empezaré resumiendo el primero.

Cuenta la leyenda que en los alrededores del castillo habitaban dos diablillos que  molestaban a la población de Karlstejn. El emperador Carlos IV ofreció una recompensa a quien acabara con estos dos seres. Un joven campesino se presentó voluntario y pidió para completar su hazaña dos caballos y dos sacos de guisantes. El valiente joven saló los guisantes y partió a la caza de los demonios. Primero depositó unos pocos cerca de la morada de los diablillos y realizó un reguero con el resto que conducía directamente a uno de los caballos en el que abandonó el otro saco de guisantes, mientras el campesino escapó con el otro caballo. Los diablos olfatearon la comida y cuando dieron con los sacos los devoraron vorazmente. Consecuencia de la sed que les consumía corrieron hasta un riachuelo y bebieron hasta hartarse, pero entonces un tremendo dolor de estómago les invadió. Los guisantes se hincharon en su interior y ambos murieron, el joven fue recompensado siendo el nuevo paje del castillo de Karlstejn.

¿A qué os esperabais otra recompensa?

Durante las guerras Husitas Karlstejn fue la meta de los husitas luchadores. Foto: Sara Gordón

El hecho horripilante sí que no os va a dejar indiferentes:

El castillo de Karlstejn fue también escenario de una gran tragedia. El rey Venceslao IV no alcanzó la grandeza de su padre Carlos IV y prefería el ocio a la política del reino. Como era un gran cazador, estaba acostumbrado a dormir en la misma habitación con sus perros sabuesos. Una noche, su esposa Juana de Bavaria tuvo un sueño inquietante y se despertó de improviso asustando a uno de los perros que arremetió contra la reina desgarrándole la garganta. La conmoción del rey Venceslao fue tal que ni siquiera asistió al funeral de su esposa.

Su principal joya es la Capilla de la Santa Cruz donde se encuentran las pinturas del Maestro Teodorico. Foto Sara Gordón

 

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